Para comenzar
a escribir quítese los pelos de la lengua, debe entender que uno escribe lo que
habla.
Córtese las
uñas, afine la garganta, lávese las manos, quítese las sandalias -una hoja es
un lugar sagrado-, inspírese.
Antes de
escribir ponga en orden su testamento, hay quienes mueren en el intento.
Cuente hasta
diez. Si la musa no aparece salga a caminar un poco, busque el edificio más
alto y arrójese del último piso; sentirá que la inspiración le llega con el
viento húmedo de la tarde.
Cuando
comience su poema no hable de sí mismo, la punta de su lápiz se quebrará como
la pata de la paloma.
No comience
con adverbios ni palabras cursis; sobre todo sin palabras cursis. Escriba sobre
cosas serias, escriba cosas de interés social, no importa que sean mentiras,
como en las noticias.
No escriba
que el corazón le duele o que está enamorado; escriba cosas serias.
Escriba cosas
que le quiten el sueño a la gente; insomnio, por ejemplo.
Sea su mejor
crítico, si no es lo demasiado inteligente nunca escriba lo que piense, se lo
digo con franqueza; duele.
Terminado su
poema recítelo en voz alta a mitad de una iglesia durante la consagración,
aproveche la música de las campanillas, si le aplauden sirve.
No me haga
caso, escriba lo que sienta y lo más importante, lo que le pegue la gana.